sábado, 1 de agosto de 2009

Lo que Juanito Valderrama no nos cantó

Anteriormente en … y yo California
Ante la desesperada situación económica del país, Obama en persona ha tomado cartas en el asunto y concedido a Jose un permiso de trabajo. Schwarzenegger respira aliviado, y por el momento ha aplazado el rastrillo en el que tenía previsto deshacerse de todos los servicios y espacios públicos del estado de California (por si a alguien le interesa, Austria todavía está a la venta). Ahora, con Mónica como primera luminaria de la ciencia USA, y Jose como su paladín del software, el dominio mundial de China está a la vuelta de la esquina.

Antes de comenzar con mis reflexiones del día quiero dejar claro el siguiente punto: Me gusta USA (al menos la parte de California que conozco), es un país (estado o región) muy agradable y lleno de gente acogedora que nos trata con cariño y respeto (y aquellos afortunados que llegan a conocernos lo suficiente, con admiración). Si habitualmente ironizo, critico, satirizo, frivolizo y/o exagero algunos aspectos de su cultura y sus costumbres, es por una única y sencilla razón: me resulta más divertido (de donde infiero, como buen ego maníaco, que a vosotros también) que la cruda y generalmente aburrida realidad cotidiana.

Por otro lado, y sin ser un estudioso de la naturaleza humana, se que por alguna razón al común de los mortales le resulta mucho más graciosa la desgracia que la dicha del prójimo. Así, mientras que el individuo medio se ríe hasta la hernia al ver en un video como un completo desconocido se parte los dientes bailando el Bimbó en una boda de hace 30 años, no moverá un solo músculo de la cara si descubre que a su vecino de arriba le han tocado 15 millones en la loto. Y como muestra, un botón: hace unos días fuimos a ver una representación al aire libre del “Sueño de una noche de verano”, para descubrir que ninguno de los ingeniosos versos del bardo inmortal puede competir en carcajadas con un momento de la obra en que uno de los actores, en una genial improvisación, le pega un rodillazo a otro en sus partes pudendas.

A donde quiero llegar es que, lejos de reflejar mi pensamiento, en este blog en general y en esta entrada en particular, sencillamente exploto la circunstancia de que la gente (es decir, tú y yo) disfruta del sarcasmo y de los padecimientos ajenos.
Y el que tenga oídos, que oiga.
Pero metámonos en harina, que hoy toca repasar algunos de los más horripilantes aspectos del día a día del emigrante:

El idioma:

Estoy seguro de que quien dijo que hablando se entiende la gente nunca salió de su pueblo. Si hubiese sido más cosmopolita se habría dado cuenta de que hablar sólo garantiza la comunicación si las partes implicadas comparten un idioma. Tomémosme a mí como ejemplo. Siempre he hablado bastante y el vivir en otro continente no ha cambiado ese punto. Imaginemos que me encuentro sentado a la mesa en una terraza de madera con un francés, un sueco, y nuestras respectivas esposas (mejor imaginadlo vosotros, yo estaba allí y puedo recordarlo). Durante aproximadamente dos horas y media, el sueco, el francés y un servidor emitimos ruidos por la boca de una forma regular y ordenada. Cuando uno de nosotros acababa con sus graznidos, otro los reanudaba. Un espectador casual podría haber pensado que estábamos manteniendo una agradable charla, pero que me aspen si alguno entendió una sola palabra de lo que se decía!. En cualquier caso, no importó demasiado. Al fin y al cabo, cada uno dijo la suya y los tres teníamos la educación suficiente como para no mencionar el hecho de que no sabíamos de lo que hablaban los otros dos. Una vez que hubimos aceptado este punto, lo único que tuvimos que hacer es reírnos cuando los otros se ríen (lo mismo que en castellano, con la diferencia de que en castellano sabes que lo que han dicho no tiene gracia, mientras que en inglés lo sospechas, pero no puedes estar seguro) y no insultar a tus contertulios de una forma reconocible (por ejemplo, mirando al pescado con admiración mientras lo haces como si estuvieses diciendo ‘Caracoles, este es el mejor pez-gato que me han servido nunca’).
Puede que una parte de la culpa sea mía. Llevo casi tres meses aquí y todavía me cuesta distinguir entre una persona hablando en inglés y el centrifugado de la lavadora. Tampoco ha evolucionado mucho mi acento. Hasta el momento, nunca nadie ha dado la menor muestra de entender nada de lo que yo decía. El caso es que yo me escucho en mi cabeza cuando hablo (un extraño don, sospecho que si el resto de la gente pudiera hacerlo, la mayoría nunca volvería a abrir la boca) y mi inglés es tan bueno como el de cualquiera. Incluso mejor que el suyo, porque mi inglés lo entiendo hasta yo. Quizá después de todo el problema sea suyo. ¿Por qué por el hecho de haber nacido y haberse educado en un país angloparlante todo el mundo da por sentado que su inglés el bueno? Quizá no hablen en inglés. Quizá yo sea la única persona en América que habla en inglés.

El dinero:

Quizá resulte increíble para alguno de vosotros, amables lectores, pero hay algunos países en los que no utilizan euros. Aquí en América del norte sin ir más lejos, hacen negocios gracias al trueque de fotografías de algunos de sus expresidentes, a las que la gente conoce popularmente como dólares. El funcionamiento es más o menos el mismo que en Europa: si tienes un dólar puedes quedarte en casa y mirar la pared hasta que tengas suficiente hambre como para irte a la cama. Si tienes 100 dólares puedes salir a cenar y si tienes un millón de dólares, puedes hacer lo que quieras.
Pero aunque el funcionamiento básico es el mismo, los pequeños detalles hacen que un cambio de moneda resulte de lo más desconcertante a la hora de ir a pagar. En primer lugar uno nunca sabe a ciencia cierta si lo que está pagando es mucho o poco. ¿De dónde sale la carne de un hamburguesa de doce con cincuenta? ¿Cuántos Abraham Lincoln me garantizan que las patatas que estoy comprando no se van a comer los frutos secos tan pronto como los meta en la despensa?
Otro problema habitual lo tenemos en el cambio. Soy un hombre de números, pero aún así no me he habituado a la nueva moneda y necesito de dos a cinco segundos para distinguir la moneda de cinco centavos de la de diez. Si tengo que dar al tendero en cuestión dos con treinta y cinco por una cabeza de ajo, necesito una media de 25 segundos para rebuscar entre el cambio más otros diez más para encontrar la cartera (y eso cuando llevo los pantalones de sólo dos bolsillos). Generalmente, para cuando he apartado las monedas de cuarto y los pocos céntimos de euro que todavía me quedan, tengo detrás de mi una cola de 10 americanos de distintos sexos en pantalón corto mirándome con impaciencia y deseosos de pagar sus verduras orgánicas, así que tiro por la calle de en medio y saco el primer billete que tropiezo, que resulta ser el más grande y con el que el verdulero, que no tiene más billetes, me da la vuelta en monedas de diez y cinco centavos que van derechas a mi monedero, que pesa ya 2 libras y media porque nunca puedo deshacerme del cambio y que es la razón por la cual mis vecinos piensan que tengo una extraña enfermedad europea que me hace cojear cada día de una pierna, salvo cuando voy en bañador. (Nota del autor: Finalmente me he resignado a almacenar todas las monedas que me den hasta que me vuelva a España, donde las fundiré para hacerme media docena de oscars. Mientras tanto, puedo aparcar en las plazas de minusválidos.)

La personalidad:

Un efecto secundario de no poder expresarse con fluidez (o simplemente de no poder expresarse), es que cuando te invitan a cualquier evento social, te dejas tu personalidad en casa. Aquí he aprendido que, cuando sólo eres capaz decir tu nombre, tu conversación pierde bastante. Sobretodo teniendo en cuenta que para una persona que no habla tu idioma, tu nombre es un sonido gutural irreconocible, que una garganta humana nunca podría reproducir. Huelga decir que tú tampoco entiendes su nombre, o qué parte de los ruidos que ha emitido era su nombre, así que éste pasa a llamarse tú. El problema es que después de dos meses ya conoces a 30 personas que se llaman tú. Tienes al tú-rubio, el tú-moreno, el tú-alto, el tú-feo, el tú-chica y varios tú-madre. Momento de iniciar una conversación (vuelve al párrafo del idioma para comprender el desarrollo). Sonrisas nerviosas, miradas de “cómo sé cuando este tipo se está despidiendo” y una rápida huida con la excusa de rellenar el vaso de Coca-cola (levantar un vaso vacío es una señal universal), dejando atrás otro americano que cree que soy idiota y echando de menos esa España en la que todas las mesas tienen un tapete para poder meterse debajo.


Nuff Said!!!