sábado, 1 de agosto de 2009
Lo que Juanito Valderrama no nos cantó
Ante la desesperada situación económica del país, Obama en persona ha tomado cartas en el asunto y concedido a Jose un permiso de trabajo. Schwarzenegger respira aliviado, y por el momento ha aplazado el rastrillo en el que tenía previsto deshacerse de todos los servicios y espacios públicos del estado de California (por si a alguien le interesa, Austria todavía está a la venta). Ahora, con Mónica como primera luminaria de la ciencia USA, y Jose como su paladín del software, el dominio mundial de China está a la vuelta de la esquina.
Antes de comenzar con mis reflexiones del día quiero dejar claro el siguiente punto: Me gusta USA (al menos la parte de California que conozco), es un país (estado o región) muy agradable y lleno de gente acogedora que nos trata con cariño y respeto (y aquellos afortunados que llegan a conocernos lo suficiente, con admiración). Si habitualmente ironizo, critico, satirizo, frivolizo y/o exagero algunos aspectos de su cultura y sus costumbres, es por una única y sencilla razón: me resulta más divertido (de donde infiero, como buen ego maníaco, que a vosotros también) que la cruda y generalmente aburrida realidad cotidiana.
Por otro lado, y sin ser un estudioso de la naturaleza humana, se que por alguna razón al común de los mortales le resulta mucho más graciosa la desgracia que la dicha del prójimo. Así, mientras que el individuo medio se ríe hasta la hernia al ver en un video como un completo desconocido se parte los dientes bailando el Bimbó en una boda de hace 30 años, no moverá un solo músculo de la cara si descubre que a su vecino de arriba le han tocado 15 millones en la loto. Y como muestra, un botón: hace unos días fuimos a ver una representación al aire libre del “Sueño de una noche de verano”, para descubrir que ninguno de los ingeniosos versos del bardo inmortal puede competir en carcajadas con un momento de la obra en que uno de los actores, en una genial improvisación, le pega un rodillazo a otro en sus partes pudendas.
A donde quiero llegar es que, lejos de reflejar mi pensamiento, en este blog en general y en esta entrada en particular, sencillamente exploto la circunstancia de que la gente (es decir, tú y yo) disfruta del sarcasmo y de los padecimientos ajenos.
Y el que tenga oídos, que oiga.
Pero metámonos en harina, que hoy toca repasar algunos de los más horripilantes aspectos del día a día del emigrante:
El idioma:
Estoy seguro de que quien dijo que hablando se entiende la gente nunca salió de su pueblo. Si hubiese sido más cosmopolita se habría dado cuenta de que hablar sólo garantiza la comunicación si las partes implicadas comparten un idioma. Tomémosme a mí como ejemplo. Siempre he hablado bastante y el vivir en otro continente no ha cambiado ese punto. Imaginemos que me encuentro sentado a la mesa en una terraza de madera con un francés, un sueco, y nuestras respectivas esposas (mejor imaginadlo vosotros, yo estaba allí y puedo recordarlo). Durante aproximadamente dos horas y media, el sueco, el francés y un servidor emitimos ruidos por la boca de una forma regular y ordenada. Cuando uno de nosotros acababa con sus graznidos, otro los reanudaba. Un espectador casual podría haber pensado que estábamos manteniendo una agradable charla, pero que me aspen si alguno entendió una sola palabra de lo que se decía!. En cualquier caso, no importó demasiado. Al fin y al cabo, cada uno dijo la suya y los tres teníamos la educación suficiente como para no mencionar el hecho de que no sabíamos de lo que hablaban los otros dos. Una vez que hubimos aceptado este punto, lo único que tuvimos que hacer es reírnos cuando los otros se ríen (lo mismo que en castellano, con la diferencia de que en castellano sabes que lo que han dicho no tiene gracia, mientras que en inglés lo sospechas, pero no puedes estar seguro) y no insultar a tus contertulios de una forma reconocible (por ejemplo, mirando al pescado con admiración mientras lo haces como si estuvieses diciendo ‘Caracoles, este es el mejor pez-gato que me han servido nunca’).
Puede que una parte de la culpa sea mía. Llevo casi tres meses aquí y todavía me cuesta distinguir entre una persona hablando en inglés y el centrifugado de la lavadora. Tampoco ha evolucionado mucho mi acento. Hasta el momento, nunca nadie ha dado la menor muestra de entender nada de lo que yo decía. El caso es que yo me escucho en mi cabeza cuando hablo (un extraño don, sospecho que si el resto de la gente pudiera hacerlo, la mayoría nunca volvería a abrir la boca) y mi inglés es tan bueno como el de cualquiera. Incluso mejor que el suyo, porque mi inglés lo entiendo hasta yo. Quizá después de todo el problema sea suyo. ¿Por qué por el hecho de haber nacido y haberse educado en un país angloparlante todo el mundo da por sentado que su inglés el bueno? Quizá no hablen en inglés. Quizá yo sea la única persona en América que habla en inglés.
El dinero:
Quizá resulte increíble para alguno de vosotros, amables lectores, pero hay algunos países en los que no utilizan euros. Aquí en América del norte sin ir más lejos, hacen negocios gracias al trueque de fotografías de algunos de sus expresidentes, a las que la gente conoce popularmente como dólares. El funcionamiento es más o menos el mismo que en Europa: si tienes un dólar puedes quedarte en casa y mirar la pared hasta que tengas suficiente hambre como para irte a la cama. Si tienes 100 dólares puedes salir a cenar y si tienes un millón de dólares, puedes hacer lo que quieras.
Pero aunque el funcionamiento básico es el mismo, los pequeños detalles hacen que un cambio de moneda resulte de lo más desconcertante a la hora de ir a pagar. En primer lugar uno nunca sabe a ciencia cierta si lo que está pagando es mucho o poco. ¿De dónde sale la carne de un hamburguesa de doce con cincuenta? ¿Cuántos Abraham Lincoln me garantizan que las patatas que estoy comprando no se van a comer los frutos secos tan pronto como los meta en la despensa?
Otro problema habitual lo tenemos en el cambio. Soy un hombre de números, pero aún así no me he habituado a la nueva moneda y necesito de dos a cinco segundos para distinguir la moneda de cinco centavos de la de diez. Si tengo que dar al tendero en cuestión dos con treinta y cinco por una cabeza de ajo, necesito una media de 25 segundos para rebuscar entre el cambio más otros diez más para encontrar la cartera (y eso cuando llevo los pantalones de sólo dos bolsillos). Generalmente, para cuando he apartado las monedas de cuarto y los pocos céntimos de euro que todavía me quedan, tengo detrás de mi una cola de 10 americanos de distintos sexos en pantalón corto mirándome con impaciencia y deseosos de pagar sus verduras orgánicas, así que tiro por la calle de en medio y saco el primer billete que tropiezo, que resulta ser el más grande y con el que el verdulero, que no tiene más billetes, me da la vuelta en monedas de diez y cinco centavos que van derechas a mi monedero, que pesa ya 2 libras y media porque nunca puedo deshacerme del cambio y que es la razón por la cual mis vecinos piensan que tengo una extraña enfermedad europea que me hace cojear cada día de una pierna, salvo cuando voy en bañador. (Nota del autor: Finalmente me he resignado a almacenar todas las monedas que me den hasta que me vuelva a España, donde las fundiré para hacerme media docena de oscars. Mientras tanto, puedo aparcar en las plazas de minusválidos.)
La personalidad:
Un efecto secundario de no poder expresarse con fluidez (o simplemente de no poder expresarse), es que cuando te invitan a cualquier evento social, te dejas tu personalidad en casa. Aquí he aprendido que, cuando sólo eres capaz decir tu nombre, tu conversación pierde bastante. Sobretodo teniendo en cuenta que para una persona que no habla tu idioma, tu nombre es un sonido gutural irreconocible, que una garganta humana nunca podría reproducir. Huelga decir que tú tampoco entiendes su nombre, o qué parte de los ruidos que ha emitido era su nombre, así que éste pasa a llamarse tú. El problema es que después de dos meses ya conoces a 30 personas que se llaman tú. Tienes al tú-rubio, el tú-moreno, el tú-alto, el tú-feo, el tú-chica y varios tú-madre. Momento de iniciar una conversación (vuelve al párrafo del idioma para comprender el desarrollo). Sonrisas nerviosas, miradas de “cómo sé cuando este tipo se está despidiendo” y una rápida huida con la excusa de rellenar el vaso de Coca-cola (levantar un vaso vacío es una señal universal), dejando atrás otro americano que cree que soy idiota y echando de menos esa España en la que todas las mesas tienen un tapete para poder meterse debajo.
Nuff Said!!!
lunes, 13 de julio de 2009
Tomate tu tiempo, que yo me tomaré el mio.
Anteriormente en … y yo a California
No se puede decir que Mónica y José hayan estado perdiendo el tiempo en los dos meses y medio que llevan en USA. Para empezar, han envejecido 75 días, y por si esto fuera poco, han desayuno, comido y cenado cada uno de ellos, sin excepción. Son orgullosos poseedores de un par de carnés de conducir, un contrato con un proveedor de internet, un par de teléfonos móviles con contrato pre-pago, un sofá, una cama, una mesa, dos sillas y un balón de baloncesto.
Propicios días, queridos!
Quizá alguno de vosotros se pregunte como es que he dejado pasar tanto tiempo sin poneros al día de nuestras idas y venidas en el país de los boy-scouts (aunque sé que la mayoría se pregunta porque no he dejado pasar más). La respuesta es bien sencilla: he estado demasiado ocupado pasándomelo bien.
A día de hoy, mi vida se encuentra entre la de una estrella de Hollywood allá por los felices veinte, y la de un filósofo griego de hace 24 siglos (salvo por el amancebamiento en particular y el griego en general, en cualquiera de los aspectos que podáis imaginar). Durante la semana me dedico a indagar, en un plano absolutamente conceptual, los más oscuros e irrelevantes detalles del lenguaje de programación Java (de hecho, ya me he certificado como SCWCD ¿que qué es eso? Buena pregunta, pero sería más tonto de lo que crees que soy si la contestara. A mi me ha costado mes y medio y 300 dólares averiguarlo.), parando de cuando en cuando para leer algún cómic de los años 40 y reflexionar, desde el punto de vista del erudito, sobre la moral de la época reflejada en los inmortales diálogos entre musculosos hombres vestidos con coloridas mallas y científicos locos. En los momentos de relax me dedico al dibujo, otra afición infantil que creía olvidada pero que he retomado este último mes (y como consecuencia de ello, vosotros, amables lectores, sufrís mi abandono de la palabra escrita). Así, me he convertido en el último hombre del renacimiento, cogiendo las cosas donde en su día las dejaran Rafael, Leonardo, Michellangelo y Donatello (o como se les conoció en los círculos intelectuales de la época, las tortugas ninja mutantes adolescentes).
El fin de semana abandono el plano espiritual para dedicarme al cultivo de este templo que yo llamo cuerpo, practicando tenis, baloncesto y con algún chapuzón ocasional en la piscina... Todo ello, no por un hedonismo egoísta y desmedido, sino en loor de la integración cultural y la propaganda de la república socialista y alianza de civilizaciones anteriormente conocida como España (soy muy consciente de que, después de ZP, soy la figura más representativa del caballero español para el pueblo americano). Como consecuencia de ello, mi piel ha tomado un tono tan tostado que, en todo evento social en que participo, y si no fuese por mi marcado acento británico, podría pasar por un Californiano de 5ª generación.
Y mientras yo ejerzo como diletante militante, Mónica sigue tirando del carro. Involucrada en varios proyectos con nombres tan largos que uno tiene que hacer varias paradas para respirar, todavía saca tiempo para elegir los muebles para la casa y decidir que instrumentos de cocina son básicos para sobrevivir (lo que para mi siempre ha resultado bastante confuso, porque utilizo la manos para todo y la cabeza para nada).
¿Veo algunas cejas levantadas entre la audiencia? ¿Elegir muebles? ¿Instrumentos de cocina? A veces me concentro tanto en contaros lo que me dicen los hombrecillos que viven debajo del fregadero que olvido comentar nimios detalles del mundo real como, por ejemplo, que nos hemos mudado. Vivir en un hotel esta bien cuando eres una estrella de rock y te permiten destrozar el mobiliario cada vez que en la 2 quitan Redes para repetir los mejores momentos de la feria de San Isidro, pero para el común de los mortales es bastante molesto. Para empezar, nunca tienes que limpiar tu habitación. Pero entonces, ¿qué motivación puedes tener para levantarte los sábados por la mañana? Si todos viviésemos en habitaciones de hotel, tendríamos que eliminar los sábados. Pero entonces nuestras vidas serían una séptima parte más cortas, y sólo tendríamos tiempo para ver dos reposiciones de verano azul. Y hay algunos matices de la personalidad de Pancho que nunca llegaríamos a apreciar. No se vosotros, pero yo no podría vivir con eso.
El caso es que ahora vivimos en una townhouse de dos plantas, dos habitaciones, dos baños y dos plazas de garaje. Como nos pareció razonable para dos personas, aún estando enfadadas, lo alquilamos. Tenemos terraza, chimenea y moqueta. Al principio me pareció bastante peligroso tener chimenea y moqueta, pero después me di cuenta de que se ajusta a mi espíritu perfeccionista. Duermo mucho más tranquilo pensando que si la casa se quema, no será uno de esos incendios a medias de una sola planta o un par de habitaciones, sino que se quemará hasta el último centímetro cuadrado de suelo útil.
En otro orden de cosas, el otro día estuvimos en un rodeo. Para aquellos que lleven los últimos 100 años viviendo en una caja de zapatos, diré que un rodeo es un evento público en el que unos tipos disfrazados de Clint Eastwood persiguen y/o montan ganado vacuno y equino al que previamente han enfadado. Resultó bastante entretenido y a mi en particular, como cronista costumbrista, hubo dos cosas que me llamaron la atención. En primer lugar, antes de que empezase el espectáculo, aparecieron unos 20 soldados con una gigantesca bandera americana enrollada bajo el brazo. Se colocaron en medio de la pista de barro en la que momentos después varios cowboys se descoyuntarían ante nuestros ojos y, tras algunos problemas logísticos (cada soldado quería desenrollar la bandera para un lado distinto, cosa que no pasaba cuando no se permitían zurdos en los marines), vimos aparecer con un suspiro de alivio y grandes aleluyas las barras y estrellas (sucede que el 50% de los soldados americanos no distinguen entre la bandera americana y su ropa interior, de modo que cuando en los prolegómenos de fiestas populares el ejercito no despliega su colada, se considera este hecho como un indicio de bonanza en las cosechas y felicidad conyugal para todo el año). Durante toda esta operación, la gente en las gradas aplaudía y chillaba como si los tipos de la bandera nos estuviesen tirando dinero. Es curioso como en este país cada vez que se hace mención al ejercito la gente se deshace en vítores y aclamaciones. Admito que pueda producir admiración alguien que está dispuesto a dar la vida por su país (aunque a mi personalmente, cualquiera dispuesto a dar la vida por cualquier cosa lo que me produce son escalofrios), pero aquí todo el mundo parece olvidar que cobran por ello, así que, técnicamente, arriesgan su vida por comida y techo (como cualquier triste cazador de mamuts hace 10000 años).
El segundo punto verdaderamente llamativo de la tarde fue una prueba del rodeo que injustamente ha pasado desapercibida en los clichés culturales que EEUU nos ha exportado durante los últimos 80 años. Se trata del ordeño salvaje. La cosa va como sigue: Una vaca muy enfadada (ignoro los motivos de su enfado, quizá tuvo que pagar la entrada), sale corriendo a la pista, perseguida por un cowboy a caballo, al que llamaremos cowboy 1. El interfecto lanza el lazo y, si pilla a la vaca, otro cowboy (al que podríamos llamar Delaney, pero que para simplificar llamaremos cowboy 2) sale corriendo y agarra la vaca por la cabeza. Por alguna razón, en contra de lo que cabría pensar desde nuestra mentalidad de granjeros europeos, esta maniobra, en lugar de tranquilizar a la vaca, la pone más nerviosa. La vaca mocha y lanza al cowbow 2 de un lado para otro como un pelele. Cuando el cowboy 1 considera que el cowboy 2 ya está suficientemente sucio y mareado, y que el público se ha reído bastante, se baja del caballo y se acerca por detrás a la vaca, la levanta el rabo, y se lanza como un autentico depravado sobre las ubres. Como no han tenido una primera cita y según parece ni tan siquiera una presentación formal, esta acción molesta aún más a la vaca (esto le pasaría hasta a una de esas libertinas vacas europeas), de modo que ahora son dos los cowboys arrastrados por el suelo. La situación se prolonga hasta que uno de los dos cowboys, generalmente el que está en las ubres, consigue poner unas gotas de leche en una botella de plástico y sale corriendo para llevar su preciado trofeo al juez. Y yo me pregunto: ¿No es este método mucho mejor que el aburrido ordeño ordinario? ¿Porque sentarse debajo de la vaca a ordeñar cuando es la vaca la que podría estar sentada encima de uno? ¿No beberías la leche mucho más a gusto sabiendo que debes cada uno de tus sorbos al último estertor de un aguerrido masca tabaco? Esto es América, muchachos. ¿Se puede pedir más?
Nuff Said!!!
domingo, 5 de julio de 2009
Mi primer refrito
¿Alguien conoce algo más irritante que un capítulo de refritos? Si, son esos capítulos en los que, con el fin de ahorrarse escribir cuatro fruslerías, los guionistas de la serie deciden, con cualquier excusa tonta, recuperar los mejores momentos de capítulos anteriores para tener algo que entregar a los productores esa semana. Yo no tengo productores, capítulos ni, posiblemente, ningún mejor momento como escritor de blog (aunque al haber tenido momentos, alguno ha tenido que ser el mejor), pero lo que si tengo es una cara que me la piso y un blog en el que escribo lo que quiero, así que como he estado muy ocupado este último mes y aún no he escrito nada (pero adelanto que el material es muy bueno, hemos estado en un rodeo y tenemos casa nueva), y se que al publico hay que darle lo que quiere, que son dos letras que echarse a los ojos para ganarle cinco minutos al trabajo, os dejo aquí fragmento de un correo que escribí hace casi diez años, que ha llegado de nuevo a mis manos por uno de esos caprichos del destino y que espero os entretenga mientras termino con mi último post.
“...gracias por la música que nos hace mágicos.
Después de nada, tengo poco que comentar. Dónde estoy, cómo y por cuánto tiempo son detalles irrelevantes. Conocerlos no cambiará vuestro menú para la cena de esta noche. Mucho más trascendente es promocionar el servicio de reciclado de basuras, y no olvidar que no se pueden tirar colillas por la taza del water. Miles de peces mueren cada día víctimas del asma.
Esto me recuerda una anécdota didáctica:
Cuenta la leyenda que Isaac Newton descubrió la teoría de la gravitación universal, cuando, mientras descansaba plácidamente bajo un manzano, le cayó una manzana en la cabeza. Lo que pocos saben es que años antes, un físico italiano llamado Lorenzo Peani estuvo a punto de llegar a las mismas conclusiones, pero desgraciadamente a él se le vino encima un piano de cola. ( Por ello fue el inventor del encefalograma plano y de uno de los gags cómicos más socorridos de todos los tiempos.) También podemos leer en los textos oficiales que Galileo Galilei demostró que la velocidad de caída de un grave no depende de su masa, arrojando desde lo alto de la torre de Pisa un par de pelotas de distintos pesos. Pues recientes investigaciones llevadas a cabo por un servidor demuestran que lo que arrojó fue una pelota y un piano de cola, porque sabía que Lorenzo Peani pasaba por debajo. ( Ambos físicos se tenían mucha tirria debido a una amarga polémica sobre si los fetucinni eran ptolomeicos o copernicanos.)
Lo cual me recuerda que he olvidado el resto de la anécdota.
En otro orden de cosas, ahora trabajo en el departamento de investigación y desarrollo de IBM. Ellos no lo saben, pero no dejaré que eso afecte a mi carrera.
La verdad es que lo del trabajo esta chungo. El otro día estaba mirando la sección de relax de "El País" y encontré un anuncio que decía :" Se busca joven conocedor de los animales para documental." Estaba justo entre " Fea, gorda, pago yo" y " Comunista lascivo busca fascista sodomita para hacer justicia". Todo lo que sé sobre animales se reduce al salto del tigre y el león de la metro, pero la necesidad manda y fui para allá. Resultó que se trataba del National Geographic. Por lo visto los animales de la sabana africana no habían llegado este año a un acuerdo con los reporteros gráficos por no se qué de los estatutos y se habían declarado en huelga de patas caídas. No pensaban filmar ni una sola escena hasta que sus peticiones fueran escuchadas. Me explicaron que la economía mundial dependía del rodaje de los documentales de animales. No sólo la economía mundial, sino también el equilibrio cósmico. Si pasase un sólo día sin rodar un documental de animales, el universo se colapsaría sobre si mismo como un castaña pilonga y se destruiría. Así que hice lo que cualquiera hubiese hecho: salvar el universo, no por altruismo, sino porque vivo en él. La idea era coger a unos cuantos tipos, disfrazarlos de animales y rodar el documental. Me dijeron que nadie se daría cuenta, que era una práctica bastante habitual. De hecho, en el 99% de los documentales de animales no sale ningún animal real. El 1% restante son documentales de amebas. Es muy difícil hacer de ameba y sólo hay unos pocos especialistas en todo el mundo. Viaje dieciséis horas de avión hasta Kenia para rodar en un estudio cerrado con decorados de cartón piedra. El caso es que yo hacía de gacela Thompson. Tenía que corretear un poco perseguido por un francés enorme que hacía de león. Era sencillo cuando le pillabas el truco a los saltitos y todo fue bastante bien hasta la hora del bocadillo. Un furtivo idiota me disparó mientras engullía mi brunch de salchichón y me desperté en el museo de historia natural de New York cuando estaban apunto de taxidermizarme. Me costó convencer a aquellos biólogos de que no era una gacela Thompson. No se lo terminaron de creer del todo hasta que les canté " My bambina " con voz de falsete. Me soltaron en la gran avenida, sin dinero, y disfrazado de gacela Thompson. Me detuvieron instantáneamente y dos enormes policías me encerraron en una celda con un Tambor y dos Mickey Mouse. Pensé que me acusaban de escándalo público, pero cuando traté de explicarme me enteré de que me habían confundido con un miembro de la banda de Papá Noel, un grupo de traficantes de armas. Estaban seguros de que yo era Rudolf el sanguinario. Me costó convencer a aquellos picoletos de que era una gacela Thompson y no un reno. Otra vez tuve que cantar " My bambina " en falsete, y esta vez me salió bastante peor. No hubiese podido convencer a nadie de que era humano, pero pude pasar por una gacela. Así que sólo me acusaron de confundir a la justicia y me conmutaron la pena de muerte por 2000 fines de semana sirviendo a la comunidad pastando en Central Park para arreglar la hierba. Después de eso volví a mi casa y en la actualidad no soporto la lechuga.”
Nuff Said!!!
miércoles, 10 de junio de 2009
Pinceladas de una vida temporal
Con paso lento pero seguro, el día a día de nuestros héroes se va normalizando. Con su potente sedan coreano, al que los lugareños llaman “la bala de plata”, no sólo pueden abordar con la indiferencia de un medio burgués las pequeñas tareas cotidianas, sino que además tienen a sus pies los 410.000 kilómetros cuadrados del estado de California.
Pues así, a lo tonto, entre que inhalamos oxigeno y expiramos dióxido de carbono, se nos ha pasado el primer mes. ¿Qué como nos va? Bastante bien, gracias por preguntar. Mónica tiene despacho propio con su nombre en la puerta, desde el que, cuando las tareas mundanas como encontrar un sitio donde dormir los próximos dos años la dejan algo de tiempo, se dedica a desentrañar los secretos del universo. Yo por mi parte ocupo mi tiempo a partes iguales entre el estudio, la higiene del hogar (lo que fuera de los círculos técnicos se conoce como fregar cacharros), viendo Seinfeld y tratando de despegar los pies de la moqueta. Nuestro círculo social ha aumentado considerablemente, y al francés inicial se han añadido una austriaca, dos húngaros, un alemán y tres americanos. Eso hace un incremento del 700% en un par de semanas, por lo que, si la matemática no me engaña, somos las personas de más éxito social a su entrada en USA desde los Beatles.
Treinta días ya, y en el purgatorio de los recién llegados todavía. Tenemos un carné temporal, una cama temporal, papeles de coche temporales y un seguro temporal. Claro que es mejor que no tener. Y así, los días pasan y se llenan de cosas que pasan, y de algunas de las cosas que nos pasan, paso y punto, y de otras, paso a contaros:
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Intentamos contratar una línea con un par de teléfonos móviles, pero no lo conseguimos porque es obligatorio tener el carnet de conducir de California (si no conduces, no hablas). Resulta raro porque no hemos tenido ningún problema para conducir sin el carné e irónico porque no se puede hablar por teléfono mientras se conduce (si conduces, no hablas). Me pregunto que diría Sócrates al respecto (y si tendría carné).
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La taza del baño se atasca. Por algún motivo (los caminos de mis razonamientos son inescrutables) creo que el problema está en que no tiramos suficientemente fuerte de la cadena. Tiro más fuerte, y para sorpresa del pequeño fontanero que llevo dentro, no se desatasca. Reflexiono. No ha sido cosa de la fuerza. No se puede tirar más fuerte de esa cadena. El hecho de tener la mitad en la mano lo demuestra. Ahora el baño esta atascado y roto. Nueva pensada a la situación. Se que puedo con ello. Creo haber visto como esto mismo le pasaba al tipo de bricomania alguna vez. O quizá era Steve Urkel. ¡Por supuesto! La solución se dibuja clara en mi mente. Quito la tapa de la cisterna y tiro con la mano. El baño atascado y es la tercera vez que tiro de la cadena. Debí atender en clase cuando hablaban de Arquímedes. Esta era mi última oportunidad para probar una solución. El agua llega al borde de la taza. ¿Por qué no se para? El agua llega al suelo. ¿Por qué no se para? Recurro a mi procedimiento para situaciones límite, y me tiro al suelo a gritar a Mónica que haga algo. Bueno, esta vez no me tiro al suelo, está lleno de agua. Mónica me grita que porque no he cerrado la llave de paso, mientras la busca. ¿Llave de paso? ¿Tal cosa existe? ¿Que otras maravillas de albañilería desconozco? Yo trato de evitar el desastre a mi manera. Saco la goma por la que sale el agua y trato de apuntar a la bañera, con escaso éxito (Mónica no entendió esta hábil maniobra y al acabar la crisis me preguntaría que demonios estaba haciendo para salpicarlo todo). El agua está llegando a la moqueta del cuarto cuando Mónica encuentra la llave del agua y la cierra.
Tenemos el baño y la cocina llenos de agua y sólo cuatro toallas, así que Mónica me manda a recepción a informar del desastre (por alguna razón cree injustamente que soy el responsable). Mientras bajo por las escaleras reconozco el origen del problema. Mientras tiraba manualmente de la cisterna, inadvertidamente la goma de salida de agua (si, la misma con la que apuntaba a la bañera) se había colado por el tubo que lleva hasta la taza. Es decir, el agua, en vez de caer en la cisterna, caía directamente a la taza, y como la cisterna no se llenaba, no dejaba de salir agua. Ahora que estoy en racha, me doy cuenta de otra cosa: mi vocabulario en inglés sobre tazas de baño es muy reducido. Me planto delante de la recepcionista y anuncio con gran sobriedad: “sale agua del agujero del baño”. La chica se extraña, pero a pesar de ser joven ha visto de todo como recepcionista de un apartotel de la baja California y reacciona con rapidez. Me da una mopa para el polvo y más toallas (que es lo más parecido que tiene que tienen aquí a una fregona), antes de volver al chat con sus amigas de instituto. A todo esto, no se si fue Mónica o la recepcionista, pero alguien hace mención a un desatascador, y todas las alarmas se encienden en mi cabeza. Ha estado ahí todo el tiempo. Si algo se atasca, lo desatascas. De camino a la habitación paso por el cuarto de la basura y ahí esta: el desatascador. Con paso fuerte y decidido vuelvo a nuestro cuarto. Esta vez si, lo arreglamos. Lo tengo todo pensado.
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Hoy toca sacarse el teórico del carné de conducir. Cogemos el coche para ir a hacer el examen (algo que en España, según se cuenta, sólo hacen los gitanos). Al llegar nos dan un papel en que nos piden nuestros datos, medidas y color de ojos y pelo, y pasamos a esperar en la cola. Nos toca, y revisan nuestros datos. Me preguntan si llevo gafas, les digo que no, pero no se lo creen y me piden que lea dos filas de letras de un panel detrás de su espalda. Le preguntan a Mónica y les dice que no. Se lo creen, no tiene que leer letras. Se nos toman las huellas y se nos saca una foto para, según nos dicen, que sepamos que hacer cuando nos detengan. Nos dan un examen a cada uno y nos sentamos detrás de un tablón de anuncios. Correcciones en la ventanilla 14, gracias.
Son 36 preguntas y la respuesta es siempre la opción en la que no muere nadie (por este secreto mataron a Kennedy). Ningún error, superado, vuelvan al examen práctico cuando estén preparados. Nos dan carnés temporales de papel. Pedimos hacer el examen de nuevo para que nos cambien la foto. Petición altamente irregular, nos miran con recelo. Salimos lo más deprisa que podemos. Telón.
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Nos vamos a Sonoma a catar vinos con nuestro viejo amigo francés y nuestros recién adquiridos tres americanos. Como no se llegar, me dicen que siga al coche de los tres americanos, que es un gigantesco monstruo amarillo. Parece una tarea fácil, pero tras cruzar dos calles los tres americanos olvidan que un coche lleno de europeos les estaba siguiendo. Al pasar la tercera calle, reparan en un minúsculo y sospechoso sedan plateado que les persigue. Se ponen nerviosos y tratan de zafarse de el por todos los medios. El sedan suda al alcanzar el velocímetro los tres dígitos. Los ocupantes sudan pensando en que, si así se conduce antes de la cata, hay pocas probabilidades de sobrevivir al después. Pagamos el peaje al entrar en San Francisco. En su intento por despistarnos, el monstruo amarillo sale de San Francisco por donde no es. Hay que volver a entrar y volver a pagar el peaje. Paramos detrás de los tres americanos para apoquinar otros cuatro pavos. Los americanos sostienen una conversación con señor del peaje de unos 5 minutos, en la que creemos están pidiendo que llame a la policía porque un kia pequeñito les persigue. Resulta que se habían acordado de nosotros repentinamente y se sentían culpables por la equivocación, así que tratan de convencer al tipo del peaje para pagar por nosotros. Al final acepta y me convierto en unas de las pocas personas del mundo a las que le ha pagado el peaje otro coche. Llegamos a Sonoma y compramos unos bocadillos y sodas. Nos plantamos en la terraza de la primera vinacoteca y nos zampamos los bocatas y nos bebemos las sodas. Así, sin preguntar y sin ningún empacho. Cuando nos cansamos de disfrutar del local los americanos se acercan a la barra y piden la primera cata. 4 copas, 10 dólares. Están buenos, pero no es suficiente. Paramos en otra vinacoteca y como no tenemos más bocatas, pasamos directamente al vino. En la tercera, el conductor del monstruo amarillo es socio, así que se beben la producción anual de un par pueblos de La Rioja. Ya están listos para coger el coche para volver a casa. Yo ya no creo que pueda seguirlos, así que aprovechamos que paran a comprar un pollo asado para la cena y nos volvemos a Livermore.
Nuff Said!!!
jueves, 21 de mayo de 2009
El mejor amigo del hombre es su coche
Mónica y Jose han llegado a los USA tras un viaje de más de 24 horas, y se han instalado en un pequeño apartotel en Livermore, California. Tras recuperarse de los cambios de presión y adaptarse a una diferencia horaria de 9 horas mediante novedosas técnicas médicas consistentes en dormir mal y encontrarse peor durante la primera semana, se disponen a comenzar su integración en esta lejana y extraña tierra de prodigios.
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Tengo la teoría de que, si en este país utilizan millas en vez de kilómetros, es por que aquí nunca hay nada a un kilómetro de distancia. Todo está más lejos, por lo menos a una milla. Estarás de acuerdo conmigo en que, estando así las cosas y a menos que uno sea Paquillo Fernández, no es recomendable ni responsable ir andando a ningún lado. Créeme, nosotros lo hemos intentado, y si hay algo peor que llegar a tu destino sudando y con los pies recocidos, es darte cuenta en ese instante de que tienes que volver por donde has venido si no quieres dormir al raso esa noche.
Supongo que muchos de vosotros, europeuchos del tres al cuarto, estaréis ahora pensando: “Para eso hizo Dios los autobuses”. Y puede que eso sea cierto en vuestros diminutos países, pero aquí utilizar el transporte público tiene serios inconvenientes. Por ejemplo la frecuencia con la que pasan, que es tan baja que si pierdes el autobús el lunes para ir al trabajo, tienes que llamar a tu jefe para pedir la semana libre. Luego esta el trazado, que sobre el mapa siempre se parece a un atractor de Lorentz. Resulta que el autobús que tienes que coger hace doce recorridos distintos al día, dependiendo de la hora, del número de personas que lo cojan y de donde quieras ir tú, que es justo donde el autobús que acabas de coger no para. Por otro lado están tus compañeros de viaje, que son de esa clase social que siempre lleva todas sus posesiones en un carrito. Si quieres que un grupo de pandilleros te mire con respeto y baje la voz cuando tú pasas, asegúrate de que te vean bajar de un autobús.
La única opción razonable que te queda es comprarte un coche. América esta lleno de negocios de coches usados, así que la tarea debería resultar fácil, si no fuera porque como todo lo demás, todos ellos están muy lejos de donde estas tú, estés donde estés.
De modo que para comprar un coche, hay que ir en coche (lo que me lleva a la siguiente pregunta: ¿Cómo demonios se compró el primer americano el primer coche? Pero no nos metamos en camisas de once varas, que aquí hace mucho calor).
El caso es que tuvimos suerte, y un compañero de Mónica en el laboratorio, francés él para más señas y de nombre Guillaume, que también acaba de aterrizar en USA y tiene todavía la característica cara de susto, andaba por aquí buscando coche pero con la ayuda inestimable (Oh, afortunado compatriota de Napoleón) de un coche de alquiler.
Así que un sábado cualquiera nos vestimos con nuestras caras de poker y como experimentados tratantes de ganado salimos a la carretera a comprar un coche de segunda mano a uno de esos vendedores que en las películas siempre le venden una tonelada de chatarra al padre del protagonista adolescente (que aquí tiene un término técnico bastante simpático: limón).
La primera parada fue en un concesionario de Ford (en todos los concesionarios venden coches de segunda mano de todas las marcas) donde nos atendió un indio de la India que, al enterarse de que éramos españoles, empezó a balbucear algo así como “siesta, paella” y nos contó que tenía un hijo que vivía en España, y que hablaba español mejor que él (francamente, no creo que tal cosa sea posible, después de su asombrosa demostración). De este buen hombre aprendimos tres cosas: En primer lugar, que un coche se puede sustituir, pero la mujer de uno no (como argumento irrefutable, siempre fuera del estado de Utah, sobre la importancia de comprar un coche más seguro y por casualidad más caro). A lo que por cierto Mónica se aprestó a responder “Eso espero” con la mirada cargada de confianza en mí. En segundo lugar, que los indios de la india tienen muy buen ojo. Nada más verme, y para mi completo pasmo, me dijo que yo era informático. En tercer lugar que la lógica de los indios de la india no esta hecha para los europeos, porque cuando le pregunté que como lo sabia, me respondió con una de las frases más enigmáticas que jamás se hayan escuchado en un concesionario de coches: “Porque yo soy indio, y todos los indios son informáticos”. Quizá algún amable lector me lo pueda explicar, pero desde mi punto de vista, y suponiendo que sea cierto, bueno, hasta donde yo se, no soy indio, así que no se me puede aplicar. Pero es que tampoco puede ser cierto, porque él, que si es indio, regenta un negocio de coches usados.
En fin, con todo este conocimiento ganado, pero sin coche, seguimos nuestro camino al siguiente concesionario.
Resultó ser uno de Toyota y si el indio nos pareció de una credibilidad cuando menos discutible, en la cueva de ladrones en la que nos estábamos metiendo podía haber pasado por Papa Noel.
Nada más entrar con el coche en el recinto, una docena de vendedores que esperaban bajo una pequeña carpa para escapar al sol de justicia de aquel día (la friolera de 102º F ó 39º C) posaron los ojos sobre nosotros. Nosotros reaccionamos como hubiera hecho cualquiera, sintiéndonos observados y empezando a pensar que tener un coche no era tan importante después de todo. Antes de poder bajarnos del coche se nos acercó un tipo que parecía Al Pacino en Scarface, pero con tatuajes. Nos preguntó que queríamos (volver a subir al coche y salir de allí sin volver la vista a tras) y sin detenerse a escuchar la respuesta nos enseño algunos coches viejos de los que quería deshacerse. Temiendo terminar en el maletero de alguno de ellos nos mostramos poco comunicativos, lo que Pacino confundió con una gran habilidad negociadora, por lo que llamó a su jefe. El tipo en cuestión resultó ser un marroquí (intercambió unas cuantas frases en francés con Guillaume para demostrarlo, y a nosotros nos dijo algo así como MadridBarcelona), lo cual nos dio mucha tranquilidad, porque nuestros vecinos norte africanos siempre han tenido fama de comerciantes honestos y honorables. El hombre no hablaba demasiado bien el inglés, cosa que no le puedo reprochar dado que yo tampoco, y no paraba de repetir: “No preocuparse, yo me ocuparé de vosotros”. Amigo, precisamente lo que nos preocupaba era que se ocupase de nosotros.
Como seguíamos sin mostrar interés, el marroquí también llamó a su jefe (ya estábamos a dos pasos del señor Toyota en persona), quien, como corresponde a su cargo, vino montado en un carrito de golf, al que nos invito a subir. El caso es que debía de ser un carrito de golf europeo, porque sólo podían ir sentadas dos personas. Y como en el orden de precedencia de nacionalidades España está por detrás de Francia y América, a Mónica y a mi nos toco ir de pie sobre una especie de hueco para los palos de golf en la parte trasera. Claro que también pudo ser que siendo de un país tan “caliente”, al tipo le pareciera que con solo 39º, Mónica y yo necesitábamos estar más cerca del Sol. Por otro lado, debo decir que uno no puede decir que ha vivido hasta que no ha ido de paquete en espacio para los palos de golf de un carrito de golf europeo marcha atrás. A pesar de los múltiples viajes en carrito por toda la hacienda Toyota, no encontramos ningún coche que nos gustase, lo que no nos impidió conseguir un buen trato: nos llevamos el coche alquilado del francés en el que habíamos ido por sólo 3000$, a 1000$ por barba y sin perder ni uno de nuestros apéndices.
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Esta historia tiene un final feliz. Tras vencer múltiples inconvenientes en otros tantos vendedores de diverso pelo e inasequibles al desaliento, al final compramos un Kia Spectra, con lo que una vez más cumplimos con la obligación de todo buen americano… tener un coche coreano.
Nuff Said!!!
sábado, 9 de mayo de 2009
Prólogo y primeras impresiones
Sólo llevamos una semana aquí, pero ya puedo decir con bastante seguridad que me encanta este sitio. El aire es puro, hay por lo menos cincuenta árboles por habitante y la gente es amable aunque te esté sirviendo café un domingo a las 7:00 AM. Para mi tiene una ventaja adicional, porque cuando paseamos por Livermore, me parece estar dando una vuelta por el mismísimo Smallville.
Resumiendo, ahora mismo me encuentro en el sexto cielo (ayer estaba en el quinto, pero a última hora encontré una tienda de comics en el centro del pueblo).
Si todavía no estoy en el séptimo es porque existen ciertas diferencias entre nuestro país de adopción y el viejo continente que me recuerdan que, por mucho que aquí brille el sol, y créeme muchacho, no llaman a California el estado del oro por nada, no estoy en casa.
Así a bote pronto, y para no alargarnos demasiado, se me ocurren un par:
1. El que todo es mucho más grande en América es un hecho. En la mayoría de los coches de aquí yo podría ir colgado del llavero. De hecho, creo que con mi estatura y según las leyes de California tengo que sentarme en una silla para niños para que me den el permiso de conducir. Las raciones de comida son pantagruélicas (y no se que le ponen a la carne, pero creo que podría comer “New York steaks” hasta quedarme tonto, y no sería el primero), la gente es gigantesca, y las casas, los estacionamientos, las calles. Aquí un litro son cuatro litros (un galón) y cuando hace mucho frío ¡están a cincuenta grados! En fin, supongo que resulta inevitable sentirse diminuto, como Gulliver en el país de los gigantes.
2. En América, la expresión “vestir casual” tiene un significado distinto. Es más, diría que tiene otra dimensión. Los zapatos son un calzado que uno sólo utiliza para recoger un oscar, y si llevas combinados los calcetines con la camisa, todo el mundo da automáticamente por sentado que eres de la aristocracia europea o que te diriges a tu cena de pedida de mano. Aquí se sigue llevando sombrero dentro de los coches, como en las películas de los cincuenta o bigotes que llegan hasta la nuez, como en las de los 70. O las dos cosas, como Lee Van Cleef en el bueno, el feo y el malo. Y con respecto a los adolescentes, ¡que decir! Están los que parece que te vayan a atracar, los que parece que te vayan a comer, y el resto, que parece que te vayan a atracar para comerse tu dinero. Todo esto combinado con el punto uno, produce muchas veces una desagradable sensación de desasosiego.
Bueno, creo que ya está bien por hoy. Estoy cansado de escribir y tengo que guardar algo de material para los próximos dos años. Pero voy a terminar con algo gracioso que nos ha pasado esta semana.
Como ya he comentado, vivimos en un apartotel, que se diferencia de un hotel en que te acuestas en la misma habitación en la que te has hecho la cena. Como ya has podido deducir, tenemos cocina. Y la cocina tiene un extractor, tan potente que nadie llevando un bisoñé podría utilizarlo. Es también muy ruidoso y en definitiva, bastante molesto, así que no lo utilizo. Ni que decir tiene que, después de freír un par de maravillosos “New York steaks” en una habitación de 20 m2, parece que nos encontremos de madrugada a las orillas del Támesis en pleno siglo XIX. Lo que he olvidado mencionar es que en esa misma habitación, también tenemos la que creo es la mejor alarma antiincendios de toda California (y esto no pretende ser una broma cruel). Ya puedes imaginar el resto. Por dos veces ha bajado Mónica a recepción perdiendo las zapatillas por el camino para que detengan espectáculo de sirenas y luces estroboscópicas del cuarto. Lo único que nos tranquiliza y a la vez nos horroriza, es que en ninguno de los dos casos ni los vecinos ni el staff del hotel parecían haberse enterado que nuestro cuarto parecía un concierto de Jean Michele Jarre. O aquí se fríe carne a menudo, o a nadie le importa si dos españolitos de a pie mueren achicharrados en California mientras se preparaban una cena “american style”.
Nuff Said!!!