lunes, 13 de julio de 2009

Tomate tu tiempo, que yo me tomaré el mio.

Anteriormente en … y yo a California

No se puede decir que Mónica y José hayan estado perdiendo el tiempo en los dos meses y medio que llevan en USA. Para empezar, han envejecido 75 días, y por si esto fuera poco, han desayuno, comido y cenado cada uno de ellos, sin excepción. Son orgullosos poseedores de un par de carnés de conducir, un contrato con un proveedor de internet, un par de teléfonos móviles con contrato pre-pago, un sofá, una cama, una mesa, dos sillas y un balón de baloncesto.


Propicios días, queridos!

Quizá alguno de vosotros se pregunte como es que he dejado pasar tanto tiempo sin poneros al día de nuestras idas y venidas en el país de los boy-scouts (aunque sé que la mayoría se pregunta porque no he dejado pasar más). La respuesta es bien sencilla: he estado demasiado ocupado pasándomelo bien.

A día de hoy, mi vida se encuentra entre la de una estrella de Hollywood allá por los felices veinte, y la de un filósofo griego de hace 24 siglos (salvo por el amancebamiento en particular y el griego en general, en cualquiera de los aspectos que podáis imaginar). Durante la semana me dedico a indagar, en un plano absolutamente conceptual, los más oscuros e irrelevantes detalles del lenguaje de programación Java (de hecho, ya me he certificado como SCWCD ¿que qué es eso? Buena pregunta, pero sería más tonto de lo que crees que soy si la contestara. A mi me ha costado mes y medio y 300 dólares averiguarlo.), parando de cuando en cuando para leer algún cómic de los años 40 y reflexionar, desde el punto de vista del erudito, sobre la moral de la época reflejada en los inmortales diálogos entre musculosos hombres vestidos con coloridas mallas y científicos locos. En los momentos de relax me dedico al dibujo, otra afición infantil que creía olvidada pero que he retomado este último mes (y como consecuencia de ello, vosotros, amables lectores, sufrís mi abandono de la palabra escrita). Así, me he convertido en el último hombre del renacimiento, cogiendo las cosas donde en su día las dejaran Rafael, Leonardo, Michellangelo y Donatello (o como se les conoció en los círculos intelectuales de la época, las tortugas ninja mutantes adolescentes).

El fin de semana abandono el plano espiritual para dedicarme al cultivo de este templo que yo llamo cuerpo, practicando tenis, baloncesto y con algún chapuzón ocasional en la piscina... Todo ello, no por un hedonismo egoísta y desmedido, sino en loor de la integración cultural y la propaganda de la república socialista y alianza de civilizaciones anteriormente conocida como España (soy muy consciente de que, después de ZP, soy la figura más representativa del caballero español para el pueblo americano). Como consecuencia de ello, mi piel ha tomado un tono tan tostado que, en todo evento social en que participo, y si no fuese por mi marcado acento británico, podría pasar por un Californiano de 5ª generación.

Y mientras yo ejerzo como diletante militante, Mónica sigue tirando del carro. Involucrada en varios proyectos con nombres tan largos que uno tiene que hacer varias paradas para respirar, todavía saca tiempo para elegir los muebles para la casa y decidir que instrumentos de cocina son básicos para sobrevivir (lo que para mi siempre ha resultado bastante confuso, porque utilizo la manos para todo y la cabeza para nada).

¿Veo algunas cejas levantadas entre la audiencia? ¿Elegir muebles? ¿Instrumentos de cocina? A veces me concentro tanto en contaros lo que me dicen los hombrecillos que viven debajo del fregadero que olvido comentar nimios detalles del mundo real como, por ejemplo, que nos hemos mudado. Vivir en un hotel esta bien cuando eres una estrella de rock y te permiten destrozar el mobiliario cada vez que en la 2 quitan Redes para repetir los mejores momentos de la feria de San Isidro, pero para el común de los mortales es bastante molesto. Para empezar, nunca tienes que limpiar tu habitación. Pero entonces, ¿qué motivación puedes tener para levantarte los sábados por la mañana? Si todos viviésemos en habitaciones de hotel, tendríamos que eliminar los sábados. Pero entonces nuestras vidas serían una séptima parte más cortas, y sólo tendríamos tiempo para ver dos reposiciones de verano azul. Y hay algunos matices de la personalidad de Pancho que nunca llegaríamos a apreciar. No se vosotros, pero yo no podría vivir con eso.

El caso es que ahora vivimos en una townhouse de dos plantas, dos habitaciones, dos baños y dos plazas de garaje. Como nos pareció razonable para dos personas, aún estando enfadadas, lo alquilamos. Tenemos terraza, chimenea y moqueta. Al principio me pareció bastante peligroso tener chimenea y moqueta, pero después me di cuenta de que se ajusta a mi espíritu perfeccionista. Duermo mucho más tranquilo pensando que si la casa se quema, no será uno de esos incendios a medias de una sola planta o un par de habitaciones, sino que se quemará hasta el último centímetro cuadrado de suelo útil.

En otro orden de cosas, el otro día estuvimos en un rodeo. Para aquellos que lleven los últimos 100 años viviendo en una caja de zapatos, diré que un rodeo es un evento público en el que unos tipos disfrazados de Clint Eastwood persiguen y/o montan ganado vacuno y equino al que previamente han enfadado. Resultó bastante entretenido y a mi en particular, como cronista costumbrista, hubo dos cosas que me llamaron la atención. En primer lugar, antes de que empezase el espectáculo, aparecieron unos 20 soldados con una gigantesca bandera americana enrollada bajo el brazo. Se colocaron en medio de la pista de barro en la que momentos después varios cowboys se descoyuntarían ante nuestros ojos y, tras algunos problemas logísticos (cada soldado quería desenrollar la bandera para un lado distinto, cosa que no pasaba cuando no se permitían zurdos en los marines), vimos aparecer con un suspiro de alivio y grandes aleluyas las barras y estrellas (sucede que el 50% de los soldados americanos no distinguen entre la bandera americana y su ropa interior, de modo que cuando en los prolegómenos de fiestas populares el ejercito no despliega su colada, se considera este hecho como un indicio de bonanza en las cosechas y felicidad conyugal para todo el año). Durante toda esta operación, la gente en las gradas aplaudía y chillaba como si los tipos de la bandera nos estuviesen tirando dinero. Es curioso como en este país cada vez que se hace mención al ejercito la gente se deshace en vítores y aclamaciones. Admito que pueda producir admiración alguien que está dispuesto a dar la vida por su país (aunque a mi personalmente, cualquiera dispuesto a dar la vida por cualquier cosa lo que me produce son escalofrios), pero aquí todo el mundo parece olvidar que cobran por ello, así que, técnicamente, arriesgan su vida por comida y techo (como cualquier triste cazador de mamuts hace 10000 años).

El segundo punto verdaderamente llamativo de la tarde fue una prueba del rodeo que injustamente ha pasado desapercibida en los clichés culturales que EEUU nos ha exportado durante los últimos 80 años. Se trata del ordeño salvaje. La cosa va como sigue: Una vaca muy enfadada (ignoro los motivos de su enfado, quizá tuvo que pagar la entrada), sale corriendo a la pista, perseguida por un cowboy a caballo, al que llamaremos cowboy 1. El interfecto lanza el lazo y, si pilla a la vaca, otro cowboy (al que podríamos llamar Delaney, pero que para simplificar llamaremos cowboy 2) sale corriendo y agarra la vaca por la cabeza. Por alguna razón, en contra de lo que cabría pensar desde nuestra mentalidad de granjeros europeos, esta maniobra, en lugar de tranquilizar a la vaca, la pone más nerviosa. La vaca mocha y lanza al cowbow 2 de un lado para otro como un pelele. Cuando el cowboy 1 considera que el cowboy 2 ya está suficientemente sucio y mareado, y que el público se ha reído bastante, se baja del caballo y se acerca por detrás a la vaca, la levanta el rabo, y se lanza como un autentico depravado sobre las ubres. Como no han tenido una primera cita y según parece ni tan siquiera una presentación formal, esta acción molesta aún más a la vaca (esto le pasaría hasta a una de esas libertinas vacas europeas), de modo que ahora son dos los cowboys arrastrados por el suelo. La situación se prolonga hasta que uno de los dos cowboys, generalmente el que está en las ubres, consigue poner unas gotas de leche en una botella de plástico y sale corriendo para llevar su preciado trofeo al juez. Y yo me pregunto: ¿No es este método mucho mejor que el aburrido ordeño ordinario? ¿Porque sentarse debajo de la vaca a ordeñar cuando es la vaca la que podría estar sentada encima de uno? ¿No beberías la leche mucho más a gusto sabiendo que debes cada uno de tus sorbos al último estertor de un aguerrido masca tabaco? Esto es América, muchachos. ¿Se puede pedir más?

Nuff Said!!!

2 comentarios:

  1. Ja ja ja ja ja ja... Como siempre.. bueníiiisimo!
    Por otro lado, me alegra mucho ver que ya estáis totalmente involucrados en la vida americana, y supongo que como todos los españoles que aparecen en los programas esos de "Españoles por el mundo", lo único que echareis de menos de españa es..... el JAMON. ¿ó no?
    Disfrutad a tope!
    Besitos a los dos.
    cris

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  2. Interesante esta historia del rodeo. Parece sacada de una pelicula, ciertamente.
    Por cierto, dicen los rumores que el estado de California esta en bancarrota. Que no tienen ni para grapas. A ver si vais a volver con una mano delante y otra detras.
    Veo tambien que estais haciendoos unos deportistas profesionales. Dentro de poco os pagaran una beca para ir la universidad por alli.
    Por lo demas, todo bien por la vieja Europa.
    Abrazos.

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